Abelardo y su primo Toño son iniciados por su bella tía, iniciando así una larga y azarosa historia de incesto.
No lo van a creer cuando les cuente todo lo demás, pero mis
fabulosas experiencias de incesto adolescente empezaron con un juego que
podría parecer homosexual, pero que fue continuación y preludio de los
juegos infantiles o, mejor dicho, salto de ellos a lo siguiente.
Desde niño, mi hermana y yo jugábamos al sexo, Armábamos orgías con
sus muñecas y, en ausencia de mis padres nos tocábamos. Más de una vez
froté mi pequeño pene erecto con la delicada piel de su cosita. Pero
cuando ella tenía 10 años se negó a seguir jugando y pasó un tiempo en
que yo extrañaba nuestros juegos. Más de una vez participó en nuestros
juegos mi primo Toño, tres meses menor que yo. Pero no voy a hablar aquí
de juegos infantiles sino de sexo adolescente.
Un sábado de principios de vacaciones de verano Alicia mi hermana y yo me quedé a dormir en casa de mis primos
Mariana y Antonio , que vivían a tres calles de la mía.
Mis tíos y Mariana se fueron y Antonio y yo nos quedamos jugando y
hablando de sexo, hasta que nos empezamos a vestir con la ropa de su
hermana. Mariana era una linda nínfula, muy bonita, y Toño y yo
estábamos empalmadísimos con sus braguits y sus faldas. Los tres
teníamos por la época de que hablo más o menos la misma estatura (1.64 o
1.65) y, delgados como éramos, las falditas, las blusas, nos caían
relativamente bien. Por fin, enormemente excitados y temiendo la vuelta
de mis tíos, nos metimos a la tina para bañarnos, pero ahí,. desnudos y
excitados, la cosa se puso peor y, no se cómo, nos empezamos a tocar.
Fue él quien dijo "siendo agujero, aunque sea de caballero". Creo que yo
estaba más caliente que él porque accedí a ser penetrado primero y fui
enculado con ayuda de la espuma del jabón. Honestamente me gustó, me
gustó por el nivel de excitación, por la calentura de los cuerpos
jóvenes, por lo prohibido de las circunstancias.
Ni siquiera eyaculó: no sabíamos nada, me metió el pito y lo dejó
inmóvil, quieto dentro de mi, hasta que le dije que ya estaba bien y
entonces lo sacó. Es un milagro que haya podido meterlo, aunque sin duda
contribuyeron mi disposición y ayuda.
Cuando me la sacó yo tenía una erección descomunal y la suya distaba
de haber se apaciguado. Se puso en posición y estaba yo por metérsela
cuando la puerta del baño se abrió y apareció mi tía Mago. Yo alcancé a
echarme hacia atrás, pero no tan rápido que no fuera casi obvio lo que
Toño y yo hacíamos.
Margarita se sentó en el excusado, frente a la tina:
-Niños -dijo-. Llegué hace veinte minutos porque me llamó Mariana
grande para pedirme que los cuidara, pues regresarán muy tarde. Y
llevaban tanto tiempo aquí, y haciendo ruidos tan raros, que decidí
entrar a ver qué maldades estaban haciendo... ¿es que son homosexuales, o
qué?
-No tía -pude decir luego de tragar gordo-. Siempre nos han gustado las niñas, pero las niñas no existen ni quieren darnos nada.
-No tía -completó Antonio-. Nos calentamos y sin saber cómo llegamos
a esto. Es la primera vez... y la última. ¿No le dirás a nuestros
padres, verdad?
Margarita siempre había sido la tía consentidora, la que nos
cuidaba, además de la oveja negra de la familia. Tenía 27 años, once
menos que mi madre, la que le seguía en edad de los seis hermanos
García, una pudiente familia de la ciudad de XX. Nació por un descuido
de los abuelos y se casó muy joven debido a un embarazo inesperado.
Estaba divorciada y vivía en una casa heredada de mis abuelos sin dar
golpe: la pensión del ex marido y la herencia paterna le permitían
dedicarse a no hacer nada, aunque muchas veces, de niños, nos cuidaba.
La queríamos mucho y era nuestra confidenta.
Y era muy guapa: mis fantasías favoritas, desde dos o tres años
atrás, consistían en que mi querida tía Mago me desvirgaba, me terminaba
de criar, me hacía su hombre. Delgada y de anchas caderas, de fuertes
piernas y redondos pechos, ojos negros como la pena y cara de muñeca,
era un manjar y, según supe luego, medio puta o puta y media. Medía 1.66
y sus medidas (se las tomamos en su momento) eran 94-62-93: un cromo.
-No, no se los diré -dijo Margarita-, pero tenemos que hablar
seriamente ustedes y yo. Aunque de momento les voy a hacer un favor,
para que salgan pronto del baño, pues no se pueden quedar así.
Levántense -ordenó.
Ahí estábamos los dos mocosos, de pié, con tremendas erecciones y
ella, con su vaporoso vestido de algodón se acercó a nosotros, tomó mi
verga con la derecha y la de Toño con la izquierda y nos masturbó. No se
Toño, pero yo veía estrellas. Su suave mano acariciaba y exprimía con
gran precisión, para mi deleite, hasta que alcancé el primer orgasmo
verdadero de mi vida. Luego dijo.
-Ahora enjuáguense y vístanse rápido.
Lo hicimos, mientras yo pensaba: "Se lo pido, se lo tengo que pedir,
debo decirle que es mi más ferviente anhelo, que la quiero mía". Sin
duda Toño pensaba algo parecido, algo acorde a nuestras largas charlas
sobre el tema.
Salimos a la sala con nuestros pijamas. Mago nos esperaba leyendo y cuando nos vio, nos encaró:
-Así que les urge tener sexo... ¿no son aún demasiado chicos?
-No tía querida, ya no. Mi cuerpo me lo exige todos los días, y
todos los días me gasto, me desperdicio pensando en mujer -le dije.
-Yo, punto más que lo mismo -dijo Toño.
- Pero ni tenemos novio ni, aunque tuviéramos, accedería, por más
que le prometiéramos cuidarla: esta ciudad, querida tía, y mi ciudad,
están aún en la colonia -dije yo.
-Ellas también quieren, pero no se dan permiso. He dado besos y
tocado chichis y nalgas, pero aunque estén ansiosas, aunque su cuerpo
les pida más, no se dejan ir más allá -dijo Toño.
-Lo hemos platicado mucho, Mago -y era cierto-, pero parece que no
hay más remedio que seguir vírgenes largo tiempo más o desquitarnos con
una prostituta, lo que me sería horrible.
-Dices, tía -terminó Toño-, que somos demasiado chicos todavía, pero
nuestros amigos de 16 y 17 están igual que nosotros, y más
obsesionados, enfermos ya.
No había mucho que añadir a este monólogo a dos voces, así que nos
quedamos callados, mientras Mago nos veía largamente. Yo también la
veía, su bella figura y sus imantados pechos, cuya redondez, cuyos
erectos pezones se mostraban claramente tras la ligera tela del vestido:
pensé "no trae sujetador!". Finalmente, dijo:
-Pues sí. Parece que mis niños se están convirtiendo en hombres.
Hubo otro largo silencio y preguntó:
-Así que piensan en mujeres... ¿a qué mujeres querrían tener?
-A muchas, tía -dije yo, después de pensarlo-, pero, con tu perdón, tu eres la primera de mi lista.
-Y de la mía -añadió rápidamente Toño-, desde hace dos años que fuimos a Acapulco...
-Tenías un biquini tan breve... -interrumpí.
-Y te veías tan guapa...
-Y te queremos tanto...
Nos callamos otra vez, hasta que ella empezó a reírse fuerte, muy
fuerte. Otra vez teníamos los pitos bien parados, abultando la tela de
las pijamas.
-Vaya, pues, qué cosa. Qué valientes y osados mis niños... y a mi en
mi repertorio si me falta pervertir a dos adolescentes... a mis
queridos sobrinos, pero ¿son conscientes del peligro?
-Si... -dije.
-Nadie, nunca, sabría nada-, completó Toño, tan aterrorizado como yo: ¡iba a pasar!
-Pues bien, niños queridos, echen un volado para ver quien será el primero.
Gané el volado y Mago dijo:
-Toño querido: metete otra vez a la tina. Llénala, espérame ahí, en
el agua tibia, sin ver ni oír, en lo que termino con Abe. Trata de
pensar en ovejitas, en partidas de ajedrez o en los números primos a
partir del 2.
Toño se fue y Mago, con su vaporoso vestido, se acercó a mi y me
besó. Éramos entonces de la misma estatura y nuestras bocas y cuerpos
embonaron perfectamente. Sentí a través de la franela su fuerte y duro
cuerpo, y creí que me moría: mi tía amada, la mujer de mis sueños,
estaba en mis brazos.
Me desabotonó la camisa y me sacó el pantalón mientras mis manos
exploraban sus curvas, la suavidad de su piel, la dureza de sus
músculos, su nuca, el cuello, mientras recordaba, muerto de miedo y gozo
una letra de Sabina "y yo que nunca tuve más religión que un cuerpo de
mujer". No traía ropa interior, o más bien dicho, se la había quitado
mientras nosotros terminábamos de bañarnos y mi mano, bajo su vestido,
sentía sus duras nalgas.
Me sentó en una silla del comedor y me acarició la verga muy
despacito. Se quitó el vaporoso vestido con un solo movimiento, dejando
frente a mi sus grandes y firmes pechos y la abierta herida de su sexo:
no hacían falta más preparativos, pues mi verga estaba tan firme como
una verga puede estarlo y su sexo escurría perfumados fluidos.
Yo la veía como un creyente a su dios, como un náufrago a sus
salvadores. La vi inclinarse sobre mi sin soltar mi miembro, la vi
colocar mi cabecita en la anhelada entrada de su vagina y mi pene, mi
cuerpo entero sintió un choque de placer inexplicable. Comprendí la
obsesión por el sexo y me juré que viviría para ese placer, para
buscarlo y tenerlo. Sería un servidor de venus... me lo juraba mientras
ella me acogía en su cálida vagina, mientras ese músculo divino se
abría, se amoldaba a los delicados tejidos de mi pene.
Mago bajó sobre mí hasta que mi verga toda estuvo dentro de ella,
hasta que fuimos uno. Me abrazó llamándome "niño querido" y, sin
moverse, me dio un largo beso. Luego empezó a moverse despacito, muy
despacito hasta hacerme alcanzar mi orgasmo, hasta hacerme ver
estrellas, tras lo cual se quedó muy quieta sobre mi, abrazada a mi.
Al salirse dijo "hay que limpiar todo, limpiar bien" y ante mi
sorpresa y júbilo se arrodilló, puso su cabeza entre mis piernas y pasó
su áspera y mojada lengua sobre mi pene semierecto, pringado de sus
fluidos y los míos. Así recibí la primera mamada de mi vida, porque al
sentir su lengua mi verga se endureció otra vez y mi amada tía se aplicó
a ella, mientras yo gozaba y la veía, mientras yo sufría y la amaba,
hasta que se bebió mis últimos jugos.
Entonces se paró, brillante de sudor, magnífica en su desnudez, y me dijo:
-Limpia todo bien, muy bien, con algo que mate el olor de lo que se
ha hecho y luego date una ducha rápida en el baño de tus primos: yo
todavía tengo que hacer.
Y la vi subir las escaleras rumbo al baño, rumbo a la verga de Toño.
Y sentí el doloroso aguijón de los celos. Pero también me sentí hombre,
me supe nuevo, listo para mi nueva vida. Ella iba a media escalera,
meneando sus nalgas portentosas, cuando le dije:
-Te amo tía, soy tu esclavo. Te amo...
Ella volteó hacia mi, me guiñó el ojo y siguió subiendo. Limpié y me
duché en chinga, como Mago me había ordenado y, otra vez en pijama,
esperé sentado en la sala a que bajaran Toño y la divina mujer que
amaba, que ahora quería tener para siempre. Bajó desnuda, recién bañada y
se vistió delante de mi. Pronto llegó Toño, con su pijama.
-Queridos míos -nos dijo ella-. Yo se que querrán que se repita
siempre, pero no es posible, por mi bien y por el suyo. Una mañana de
sábado, de cada dos sábados, cuando Larissa se quede con su padre, si yo
les hablo podrán visitarme y repetiremos esto, pero ustedes tienen que
buscarse chicas de su edad o amantes en otro lado, para que sean capaces
de amar. Ahora suban a su habitación y duerman, mientras yo espero a
los papás de Toño y a Marianita.
No se si Toño durmió, pero yo pensé toda lo noche, o buena parte de
ella, en lo que había hecho y en mi juramento. A la mañana siguiente nos
despertó mi tío Toribio porque iríamos a desayunar fuera, pero le
dijimos que preferíamos quedarnos en casa.
Ya solos, hice a Toño partícipe de mi juramento y ya que éramos
hermanos de leche, debíamos ser también hermanos de sangre, y bajamos
por un cuchillo para abrirnos heridas en los brazos y mezclar nuestra
sangre. Luego dijimos que no podíamos esperar quince días cada vez para
volver a tocar el cielo y que efectivamente tendríamos que buscar otras
mujeres.
Luego de mucho discutir decidimos construir dos sistemas de
espionaje y un asedio compartido: el espionaje sería sobre Mariana y
Alicia, nuestras respectivas hermanas, y el asedio, sobre nuestras
queridas primitas Arcelia y Thelma, que tenían 14 y 13 años...
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