Mi primera vez con mi hermana

Esto me sucedió cuando tenía 21 años y mi hermana, 19. Ahora, tengo 34 años y me muero por hacer el amor con ella. Solo que no me atrevo. Me conformo con esperar la noche y repasar en mi mente cada uno de los detalles que acontecieron hace tanto tiempo.

No sé como empezó. Sólo sé que de un momento a otro mi hermana y yo nos encontrábamos manipulando nuestros órganos sexuales. Recuerdo que solíamos hurtar las cartas pornográficas de nuestro hermano mayor para deleitarnos observando las candentes figuras que en ellas aparecían.

Quizá esto nos incentivó a buscar un mayor placer por medio de la exploración de nuestros sexos. La primera vez que introduje un dedo en la vagina de mi hermana fue para mí el más feliz de los acontecimientos. Siempre me había preguntado como podía caber mi enorme pene en ese agujerito tan pequeño. Yo tenía en ese entonces 14 años y mi hermana 11. Ambos desconocíamos totalmente lo que era un orgasmo o una eyaculación. Simplemente sentíamos la urgencia de dejar al descubierto nuestros órganos sexuales y tocarlos delicadamente. Siempre rogábamos en nuestra mente para que nuestros familiares se vayan y nos dejen solos. Entonces sí que empezábamos a vivir, a disfrutar.

A ella le gustaba mostrarme su culito y se ponía de espaldas para que yo pudiera apreciarlo. Quizá, inconscientemente, temía que ese monstruo que yo tenía entre las piernas se decidiera a perforar ese conejito apretado. Entonces yo me ponía entre sus piernas y masajeaba mi pene entre sus apretados rincones de sus muslos, experimentando una exquisitez nunca antes sospechada. Poco a poco mi interés sexual se fue haciendo más intenso. Sentía como mi pene vibraba de angustia por introducirse en ese delicioso canal que prometía mil placeres. Yo luchaba porque mi hermana se pusiera de espaldas y me permitiera explorar ese agujerito maravilloso que tenía en la unión de las dos piernas. Pero ella, siempre me lo negaba y me ofrecía su culito, al que también adoraba pero algo en mi interior me decía que ese agujero no era el apropiado.

Cierto día, no pude controlarme y cogí a mi hermana y le bajé los pantalones cortos que llevaba y su calzoncito y le obligué a que se pusiera de espaldas y abriera las piernas. ¡Qué espectáculo! Allí estaba su chochito tímido!. Parecía gritarme: ¡lámeme!, ¡Cómeme!. No pude resistir ese divino espectáculo e inclinándome tomé entre mis labios esa extraña boca que se me ofrecía insinuante. ¡Qué placer tan grande!. El solo hecho de besarlo era como tener todo el oro del mundo. ¡Cómo amé a mi hermana, entonces, por permitirme contemplar, lamer y acariciar su coñito. No podría sino besarlo en gratitud a su lindo regalo,

Primero fue un dedo, luego otro. Después mi mente huyó.... Instintivamente sentí que debía introducir mi tembloroso pene en ese hoyo que prometía mil placeres. Lentamente coloqué mi verga sobre esa deliciosa labia y busqué la gruta... Mi hermana cerró los ojos adivinando el dolor que ya se presentía. Todo sucedió de repente. Mi verga encontró su objetivo y empezó un lento ascenso... Gruesas gotas de lágrimas corrían por las mejillas de mi hermanita mientras su himen era destrozado por esa brutal de carne que no respetaba ni siquiera los íntimos lazos de sangre.

Parecía como si me hubiera transformado en otro. Jadeaba entrecortadamente como un león herido. Mi único objetivo era destrozar ese sexo virgen que tenía al frente. Al fin, mi empeño se vio recompensado. Llegué a mi destino. Solo me detuve cuando sentí que la cabeza des mi miembro se topaba con otra muralla al fondo. Todavía faltaba unos 5 cm. por entrar pero mis esfuerzos eran inútiles. El pequeño coño de mi hermana era insuficiente para albergar las 7,8 pulgadas de largo y 1,5 pulgadas de diámetro de mi verga. Instintivamente comencé a bombear hacia dentro y hacia fuera...despacio...despacio, mientras mi hermana se tapaba la boca con ambas manos para no dejar escapar los gritos de dolor que pugnaban por librarse desde lo más profundo de su ser. Las lágrimas seguían mojando sus mejillas y se deslizaban hasta caer sobre la manta.

¡Qué dicha sentí ante su dolor!. Era una forma de demostrar mi dominio, el dominio del macho sobre la hembra. También era una forma de castigarla por permitir que pecara con esa relación incestuosa. En el fondo me sentía culpable porque algo en mi interior me indicaba que lo que estaba haciendo no era correcto. Sin embargo, en ese momento, la lujuria no me permitía razonar libremente y seguí atormentando a mi pequeña hermana con un ritmo que iba creciendo a medida que mis bolas luchaban por liberar su primera descarga seminal. Fueron diez minutos de tensión hasta que sentí como deben sentirse los dioses... era una sensación nueva, asombrosa. Era una mezcla de alegría y miedo. Parecía como si me fuera a desmayar. En el último instante me abracé a mi hermana dejando descansar todo mi peso sobre su frágil cuerpo; me agarré de sus hombros y empujé mi verga hasta el fondo, hasta toparme nuevamente con algo que me impedía continuar... Mi vista se oscureció. Cerré los ojos y me mordí los labios a medida que sentía como ríos de lava que corrían desde lo más profundo de mi ser hasta la punta de mi verga y se depositaban en el fondo de una cuevita del amor que aprisionaba mi pene.

No sé cuantos segundos o minutos permanecí asiendo con fuerza el cuerpo de mi hermanita como queriendo fundirme con ella. Cuando me di cuenta de lo que había sucedido me retiré con miedo y casi bruscamente. Solo en ese momento me di cuenta que pequeñas manchas de sangre se veían sobre el colchón... Fue divino.

Me gustaría conocer su opinión. Así mismo me agradaría me den su consejo para volver a follarme a mi hermana. Estoy tentado hasta a narcotizarla... Ella se llama Teresa.

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